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Jactancia Jerusalén Jesús Juicio Justicia Juzgar
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El Consejo Inglés de Higiene Industrial llevó a cabo
–hace algún tiempo—el siguiente experimento: Un sicólogo, empleado del
citado Consejo, visitó algunas empresas comerciales, industriales y bancarias,
diciendo a los empleados, uno por uno: "El jefe quiere hablar con
usted". Estas sencillas palabras "El jefe quiere hablar con
usted", llenaron de inquietante preocupación a cuantos las oyeron. Algunos
palidecieron y se preguntaban: ¿Qué habrá pasado? ¿Qué me querrá decir?
¿Habrá alguna acusación contra mí? ¿Será para decirme que me van a dejar
cesante?.
Si el solo aviso de que el jefe quería hablar con
ellos, llenó de angustiosa inquietud de aquellos obreros ingleses, ¿qué será
cuando los ángeles suenen las trompetas del juicio para llamar a los pecadores
a comparecer ante un Dios airado por los actos de pecado y perversidad de
quienes se deleitan practicando lo que los sentimientos de Dios repelen y su
justicia condena?.
Se cuenta que la reina Elisabet de Inglaterra se
sintió en cierta ocasión, airada contra Cristóbal Hatton, Canciller del
Imperio; y cuando éste fue a entrevistarse con la soberana, Elisabet le lanzó
una mirada que paralizó el corazón del Canciller, quien cayó muerto. Si tal
cosa le puede suceder a un hombre ante la mirada de una reina, ¿qué será
cuando el pecador tenga que comparecer ante un Dios que ciertamente está airado
por las injusticias, crímenes y atropellos que se comenten en el mundo?.
Las Sagradas Escrituras nos revelan que el Día de
Dios, los reyes de la tierra, los príncipes, los millonarios, los poderosos y
todos lo inconversos, tratarán de esconderse en las cuevas y entre las peñas;
y clamarán a los montes y a las peñas, diciendo: "Caed sobre nosotros y
escondednos del rostro de aquel que está sentado en el trono del juicio, porque
el gran día de su ira ha llegado; y, ¿quién podrá permanecer en pie delante
de él?

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Después de la caída de Jerusalén ocurrida en 587 o
586 a. de J. C., los edomitas ocuparon las tierras de la parte sur de Judá. En
el año 300 a. de J.C. los nabateos conquistaron el monte Seir con su capital
Petra. Por la invasión de Palestina y Egipto por los griegos, el nombre de la
parte de Edom que está al sur de Judá fue cambiado por el de Idumea, el cual
se le quedó, y los habitantes fueron conocidos como idumeos. Hebrón, la
capital de Idumea, fue capturada por el caudillo judío Judas Macabeo en el año
165 a. de J. C. y el resto del territorio conquistado por Juan Hircanus, quien
obligó a los idumeos a que fuesen prosélitos, por el año 126 a. de J.C.
Antipater, gobernador de Judea, por el año 47 a. de J. C., y su hijo, Herodes
el Grande, quien trató de destruir al niñito Jesús, fueron idumeos. Cuando
los romanos, bajo Tito, pusieron sitio a Jerusalén en el año 70 d. de J. C.,
invitaron a veinte mil idumeos a que les ayudaran. Los idumeos no hicieron otra
cosa que robar y saquear, y ellos mismos fueron subyugados por los romanos y
dejaron de existir como nación.

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